Dicen que las historias están hechas para vivirlas, para contarlas, para sentirlas.
Que todas las historias, en su justa medida, tienen un final feliz. Pero, yo creo que lo que importa de una historia es todo: principio, desarrollo y final.
Como todo, una historia comienza por algo. Ojos que se encuentran en mitad de la nada y, a través de una mirada, salta la primera chispa con la que te reirás o te quemarás.
Palabras que se confunden, que se dicen sin pensar pero que calan hondo, haciendo que cambie todo lo que tenías en tu cabeza. Como si una gran ráfaga de viento se hubiese llevado todo lo anterior y ahora sólo estuviese él. Él y esa maldita idea de quererlo.
Labios que se encuentran con la finalidad de ser una noche, sólo una única noche y que terminan siendo toda una vida.
Aunque, pensándolo hay miles y miles de comienzos para una historia.
Pero, lo importante de un comienzo es lo que conlleva: la historia.
Hay tantas y tantas formas de vivir una historia que no me dan los caracteres de fotolog para escribir todo. En realidad yo creo que es eso lo que nos hace desear tanto el amor o lo que quiera que sea eso, el desear ser para alguien y que sean para ti; el desear eliminar esa distancia que te separa de esa persona; el desear abrazarlo, tocarlo, acariciarlo; el desear acabar con el desear y pasar a hacerlo realidad.
Es compartir, dar y recibir. Es todo.
Pero, como todo lo que sube baja y todo lo bueno se acaba, siempre llega un final. Y, como todo (también) esta es la parte mala, en la que das el todo por el nada, en la que puede quedar algo o quemar tu interior convenciéndote de que nada de eso ha pasado.
Que pase otra ráfaga de viento eliminando tu tiempo, tu cariño, tus besos, tus palabras, tus promesas.
Los finales son una mierda.
Que todas las historias, en su justa medida, tienen un final feliz. Pero, yo creo que lo que importa de una historia es todo: principio, desarrollo y final.
Como todo, una historia comienza por algo. Ojos que se encuentran en mitad de la nada y, a través de una mirada, salta la primera chispa con la que te reirás o te quemarás.
Palabras que se confunden, que se dicen sin pensar pero que calan hondo, haciendo que cambie todo lo que tenías en tu cabeza. Como si una gran ráfaga de viento se hubiese llevado todo lo anterior y ahora sólo estuviese él. Él y esa maldita idea de quererlo.
Labios que se encuentran con la finalidad de ser una noche, sólo una única noche y que terminan siendo toda una vida.
Aunque, pensándolo hay miles y miles de comienzos para una historia.
Pero, lo importante de un comienzo es lo que conlleva: la historia.
Hay tantas y tantas formas de vivir una historia que no me dan los caracteres de fotolog para escribir todo. En realidad yo creo que es eso lo que nos hace desear tanto el amor o lo que quiera que sea eso, el desear ser para alguien y que sean para ti; el desear eliminar esa distancia que te separa de esa persona; el desear abrazarlo, tocarlo, acariciarlo; el desear acabar con el desear y pasar a hacerlo realidad.
Es compartir, dar y recibir. Es todo.
Pero, como todo lo que sube baja y todo lo bueno se acaba, siempre llega un final. Y, como todo (también) esta es la parte mala, en la que das el todo por el nada, en la que puede quedar algo o quemar tu interior convenciéndote de que nada de eso ha pasado.
Que pase otra ráfaga de viento eliminando tu tiempo, tu cariño, tus besos, tus palabras, tus promesas.
Los finales son una mierda.
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