martes, 16 de febrero de 2010

Ahí estaba, el mar. Inmenso, infinito podría decir. Aquel junto al que había llorado y reido mil veces, y todas por alguien distinto. Aquel sonido del agua chocando contra las rocas costeras y el viento azotando mi pelo y agitando la arena. 'No hay paisaje más hermoso que este', me dije muchas veces. No hay lugar más tranquilizante, más pacífico y silencioso en el que uno puede sentarse y quedarse mil horas sin notarlas transcurrir. Me acerqué y me senté en una de esas tantas rocas en las que uno puede sentir el olor yodo, las gotas de agua salpicando la ropa y ese escalofrío recorriendo el cuerpo y no presisamente por miedo, sino por respeto. La olas enfurecidas o quizás entristecidas, se alzan en lo alto y rompen en la playa. Puedo ver como todas ellas se desmoronan y se reconstruyen con un poco más de fuerza. Podría morir acá, que ya nada me importaría. Y el silencio parece querer incomodarme pero no le presto atención, le doy la espalda y hago como si nada, le hago mi amigo aún sabiendo que él solo quiere adueñarse de mi paz. Estoy sola y viendo como el sol deja al día y la luna se vuelve la protectora de la noche. Decido caminar. Me paro y bajo de a poco por las rocas y toco tierra firme. Camino por esa arena que parece inocente de todo pecado, y me pregunto si existe algo más lindo que ver la luna reflejada en el mar y por primera vez, me siento parte de algo importante. Puedo sentir el viento y suspiro porque entiendo que no podría estar en otro lugar.



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